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En mi cabeza

el Miér Ene 14, 2015 10:59 pm

En mi cabeza


El pájaro dentro de su cabeza no la había dejado dormir en toda la noche. Solo pudo permanecer acostada boca arriba, mirando la negrura que se cernía sobre ella, sin poder hacer mayor cosa que seguir respirando.

Sentía el peso del mundo sobre sus hombros, un desaliento que la desalmada hasta el punto de no querer moverse cuando los rayos de luz se filtraron por las cortinas de color blanco y le pegaron en el rostro.

Vamos, debes pararte, dijo la voz en su cabeza.

Cerró con fuerza los ojos, puso las manos a ambos lados de su cabeza y gritó:

―¡Déjame en paz!

Solo quiero… que continúes.

¿Continuar? ¿Cómo se atrevía esa voz altanera a decirle eso? Ella no podía entenderlo, no podía comprender esa voz dentro de su cabeza. Toda la noche trató de acallarla, pero no lo logró. Luego, totalmente resignada pretendió ignorarla, intentando quedarse en silencio, pero esa voz seguía, ese pajarito continuaba… molestando, hablando, vociferando.

No quiero que te enojes.

Oh, oh, oh. Pero esa voz era tan ¡Ah! Estaba dentro de su cabeza, había hablado sin fin de veces con ella, pero ahora no la soportaba.

Había, después de mucho tiempo, comprendido que aquella voz tenía vida propia.

No, no tienes vida, trató de convencerse, pero acaso ¿hablarle a esa voz de tú a tú no significaba darle algo de independencia? ¿De vida?

Lo soy… soy real.

Sin mayores planteamientos, se irguió. Sacó las piernas debajo de edredones y se colocó de pie. Jaló las cobijas, hizo una maraña mientras contenía un grito. Al final, logró meter su cabeza entre las sabanas y gritar. Gritar tan fuerte como se lo permitían sus pulmones.

―¡Déjameeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!

Cuando el aire le faltó, desenterró su rostro de las sabanas y miró a su alrededor. Parecía que no había nadie.

Como debe ser, pensó con desconfianza, puesto que estaba sola. Completamente sola.
¿O acaso la estaba engañando? Trató de evitar llamarla… se quedó quieta en su sitio, tratando de controlar el torbellino de pensamientos.

Y no escuchó nada…

¿Se había muerto, entonces, el pajarito?

¡Definitivamente sí!

Con total alegría y triunfo, tiró las sabanas sobre la cama, se dirigió al baño y se miró en el espejo.

―Vuelvo a ser solo yo, no más que yo ―dijo feliz.

Miró sus ojos marrones, su cabello rubio oscuro y su piel blanca.

Se lavó rostro, quitándose las lagañas y los sudores de la noche. Luego enjuagó su boca y se metió en la ducha.

El día parecía, ahora, demasiado prometedor como para desperdiciarlo durmiendo, como había hecho tantas otras veces en las que no necesitaba dormir y aun así lo hacía. Sin embargo, en esta ocasión en la que había pasado una noche de perros y sus ojeras daban una señal de auxilio por parte de sus ojos para recibir un descanso, ella no estaba dispuesta a rendirse de nuevo y dejar que él volviera… él con su voz.

Por fin, por fin, por fin.

Salió a la calle con un vestido negro de lana, un poco ajustado a su cuerpo. En cada paso que daba parecía que saltaba y flotaba por un segundo, hasta que sus pies volvían a tocar el suelo.
Pero su felicidad no fue duradera.

Cuando por fin llegó a su destino, un cine que proyectaba películas como en antigua, sin nada de gafas 3D ni efectos de cuarta y quinta dimensión, su desconcierto fue tal que, como no le sucedía hace mucho tiempo, le dieron ganas de llorar de pura tristeza. Tantas veces había querido llorar de rabia, ira… pero ¿tristeza?

Casi que ni recordaba que era aquello.

―¿Qué haces aquí? ―Con un sobresalto, dio media vuelta y se encontró frente a ella un hombre alto, con cabello negro y ojos azules, inquisidores, que contrarrestaban una sonrisa sinuosa en sus labios delgados.

―¿Disculpe? ―preguntó lo primero que pudo decir cuando despejo el nudo en su garganta.

―Mina, se supone que hace una hora debías llegar a mi consultorio, ahora mismo iba a buscarte. ―Ladeó un poco su cuerpo para señalar el camino por el que venía.

Doctor, Reedus, Thomas Reedus.

Comprendió cuanto había estado ocupada con la voz en su cabeza que había olvidado por completo su cita con el psicólogo Reedus, que la trababa hacía unos días. Por alguna razón no podía recordar cuantos días.

Pero sí recordaba, de manera breve, al doctor. Precisamente debía hablar con él por la voz en su cabeza, ya que no era “normal”.

Avergonzada, agachó la cabeza mientras toqueteaba sus dedos nerviosamente.

―Lo siento, lo olvidé por completo… ―confesó, sonrojándose. Por un instante tanteó la posibilidad de mentir, inventar una tonta excusa acerca de por qué no había ido, pero no pudo.

No parecía correcto.

―¿La voz? ¿Te ha estado molestando? ―preguntó Thomas, dando dos pasos más cerca de ella. Tomó su barbilla y la alzó con un dedo―. No es real.

―¡Sé que no es real! ―dijo, entrando en la desesperación por un instante―. Es más…

Se calló súbitamente, no sabiendo si era correcto confesar aquello. Ni siquiera sabía si la voz se había callado permanentemente, o solo de manera temporal. Entonces, no sabía si era preciso confesárselo en ese momento al psicólogo.

―¿Qué cosa, Mina? ―Thomas quitó el dedo de su mentón y lo llevó hasta su rostro para acariciar su pómulo derecho. Lo que la desconcertó y creó en ella una confusión de la que fue presa, tanto así que ni siquiera proceso la pregunta y olvidó de qué hablaban.

―Señor Reedus… ―susurró con la garganta seca, sacudió la cabeza y logró apartar la mano.
Se sentía incorrecto, raro, impropio.

―¿Mina? ―preguntó Thomas apoyando la mano esta vez en su hombro―. ¿Es la voz, Mina? ¿Te habla ahora?

Negó con la cabeza, sin saber qué y cómo responder. De repente no encontraba ni su propia voz.

―No me habla más. No estoy loca. Lo juro. Dejó de hablarme. Lo puedo jurar por mis padres…

Padres.

Sintió un dolor en el costado derecho de la cabeza. ¿Dónde estaban sus padres? ¿Por qué había permanecido tanto tiempo sin si quiera pensar en ellos?

En nada…

¿Cuánto tiempo ha pasado desde… desde?


Sus ojos se abrieron en total sorpresa, al ser consciente de que no tenía recuerdos formados. Sabía que tenía unos padres, una vida, lo sentía, pero simplemente había algo en su mente…

La voz. La maldita voz.

Al ver su rostro descompuesto, Thomas apoyó la otra mano encima de su hombro y la sacudió un poco.

―¿Mina? ¡Mina! ¡Aquí, Mina! Siempre aquí…

Despertó.

Lo primero que observó fue el techo blanco.

Contrarrestaba tanto con la oscuridad de la noche anterior…

¿Noche anterior?

Sueño, sueño ¡Todo fue un sueño!


Se irguió de manera abrupta, algo en su brazo izquierdo dolió y luego una figura se engulló sobre ella.

―Tranquila, Mina. Estás bien. ―La voz que le hablaba mantenía la calma, y una excitación que no captaba por completo.

Lo único que Mina quería era… ¿Qué era lo que quería?

Respuestas. Comprender.

―¿Qué… qué pasa? ―preguntó con voz ronca.

Esa voz que lleva días sin ser usada, gastada, derrochada, dispuesta.

Cuando al fin logró calmarse, estudió a la figura frente a ella, era un doctor.

Era un hombre mayor de cincuenta años que se presentó como Marco Lorenz, el traumatólogo que la operó.

Le explicó, entonces, lo que había pasado.

Ella, Mina Carbone, hija del señor presidente, Arturo Carbone, había sufrido un atentado por parte de unos revolucionarios que le dispararon en la cabeza.

Al principio ni siquiera comprendió lo que le decía el doctor.

Recordó a su padre, pero no recordó ningún atentado. Sin embargo, al tocar el costado derecho de su cabeza comprobó que estaba vendada.

Recordó que en el sueño supuestamente le había dolido.

―La bala entró por la parte frontal, y salió por la posterior sin comprometer unas áreas que hubieran sido… decisivas. Sufriste una hemorragia que causo un edema cerebral, por lo que tuvimos…

―Quiero ver a mis padres. ―Acababa de despertar, y lo último que quería era escuchar sobre cómo una bala había atravesado su cabeza―. No recuerdo a alguien disparándome, ni, ni…

Las palabras se atragantaron en su boca. Trataba de tomar su último recuerdo, que suponía fueron los instantes antes de recibir la bala, pero nada sobre aquello aparecía.

―De acuerdo. ―El doctor se irguió, tocó los hombros de Mina y la miró a los ojos―. Has nacido por segunda vez.

Sus padres entraron, el presidente Carbone al lado de su esposa, Marian Carbone.

Mina los abrazó fuertemente, sabiendo que si no hubiera tenido suerte ahora mismo estaría muerta sin la posibilidad de verlos nunca más.

―Estás bien, pequeña. ―Su padre susurró a su oído mientras acariciaba su rostro y besaba su frente.

Cuando los ánimos se hubieron calmado, sus padres tomaron asiento en la orilla de la camilla y le hablaron un poco sobre todo.

Llevaba cinco meses en coma. Los doctores habían propuesto desconectarla, pero su padre se opuso fervientemente. Habían utilizado toda la tecnología disponible para hacerla despertar, pero algo fallaba.

Algunos recuerdos comenzaron a volver. Fue cuando entendió que no tenía un psiquiatra llamado Thomas Reedus, éste, en realidad era su novio. Sin embargo, seguía sin poder recordar el momento exacto en el que le dispararon, lo que según el doctor Lorenz era normal, puesto que el cerebro necesitaba desechar aquellas cosas que lo in estabilizaban.

Una semana después, por fin le dieron de alta y pudo regresar a su casa.

La casa del presidente Carbone.

En una camioneta negra, blindada y con tantos guardias que no se tomó el momento de contarlos.

Cuando la instalaron en su cuarto, esperó la visita de su novio Thomas, quería hablar con él, verlo y sentir que contaba con alguien más aparte de sus padres.

Sin embargo, no fue. Y el desconcierto por no recodar el accidente crecía dentro de ella.

Le era extraño, entender, que unas personas la hayan intentado atacar solo por ser la hija del presidente. Además, no poder recordar la cara de sus atacantes la dejaba desarmada, sin la opción de alguien a quien culpar.

Según su padre, ellos ahora ya no darían problemas, ella estaba segura y no debía preocuparse de nada más.

Esa misma noche, la primera que pasaba en su casa después de tanto tiempo, miró la negrura del techo y por un instante, un instante sombrío y tenebroso esperó la voz de sus sueños.

Aliviada, se dio cuenta que eso jamás pasaría porque ahora estaba en la realidad. Aunque le dio un poco de pena aquella situación, todo estaba tan silencioso que no le hubiera hecho mal un poco de compañía. Aunque desde luego no comenzaría hablar sola para que los demás creyeran que el atentado la había vuelto loca.

Cuando al fin cerró los ojos, dispuesta a dormirse, su costado derecho dolió. Por unos minutos trató de ignorar el dolor, pero no podía.

Se sentó en la cama.

―Medicamentos ―susurró.

Una luz parpadeó desde el techo, luego un pequeño cubículo apreció y bajo en total silencio.
Delante de ella se encontraba un vaso con agua y dos pastillas.

Las tomó y se preguntó porque en todos esos días de coma solo recordaba el último sueño. Según el doctor, no debería recodar nada. Pero ella no vio la necesidad de mencionar aquello.

―Listo ―volvió a decir.

El cubículo subió y desapareció junto a la luz, dejándola en completa soledad.

Sin intención de dormir inmediatamente, debido a que el dolor aún no desaparecía, se colocó de pie y caminó hasta la ventana.

Su cuarto era tal y como lo recordaba.

Por fin en casa.

Suspiro, abrazándose a sí misma para protegerse.

Pero no es tu casa.

Al principio, permaneció mirando por la ventana la noche fría y silenciosa. Después, comprendió que ella no había pensado aquello.

Se estremeció, trató de retroceder a la nada, a lo imposible y cayó de culo.

―No, no, no ―susurró con voz entrecortada.

Escúchame…

No.

Si me escuchas juro que te dejaré en paz.


―No, no, no, no… ―Estaba a punto de gritar, pedir ayuda a sus padres, a los guardias para que… ¿para qué? ¿A quién iban a sacar a patadas? No había nadie físico a quién culpar, solo la voz en su cabeza.

Y si decía eso seguro la mandarían dónde el psiquiatra.

Déjame en paz. Ya estoy despierta. No estoy en coma.

Solo pon atención. Yo existo. Tengo pruebas.


Si es que podía hacerlo, se sobresaltó incluso más. Sintió como su respiración dejaba de ser irregular a simplemente detenerse.

¿Pruebas? Oh, estoy perdiendo la razón ¿seguiré soñando?

Pon atención. Te dejé una fotografía, en la planta que hay en la esquina del cuarto. Ve, solo ve.
Dio un respiro profundo.


Con dudas, caminó con paso lento hasta la esquina en la que recordaba tener una planta.

Está dentro.

Creyéndose loca, sin siquiera aceptar el comportamiento contradictorio, y demente que estaba teniendo, hizo aquello.

¡Haciéndole caso a una voz en la cabeza!

Agarró la maceta y la puso boca abajo. La tierra cayó en el suelo, todo estaba oscuro, pero sentía la tierra en sus pies. Era tierra natural, no artificial como en el resto de la ciudad. A ella le gustaba conservar lo poco natural que quedaba.

Estrujó la tierra entre sus dedos y lo sintió: un pedazo de bolsa.

―Luz aquí ―susurró.

Un nuevo parpadeo apareció del techo y se acercó a ella de forma cenital.

Vio la bolsa transparente, la volteó y vio la foto dentro de ella.

Ella estaba allí, sonreía a la cámara, mientras el hombre a su lado sonreía hacia ella.

―Till… ―susurró con un estremecimiento que le recorrió el cuerpo. Su vello se erizó y su estómago se revolvió.

Sentía una felicidad combinada con terror.

Ese soy yo.

Los recuerdos vinieron como ráfagas, Till el revolucionario, Till su amor, Till el que le había mostrado la verdad. Él no había disparado… él no la dejó en coma, había sido…
Sus padres.


avatar
AdmónBL

el Sáb Abr 18, 2015 3:52 pm

lindo!
Invitado

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